lunes, 12 de abril de 2010

Perfil de lector

No recuerdo ningún momento de mi vida sin libros cerca. Durante mis primeros años me leían mis padres, y al poco tiempo, empecé por mi cuenta. Podría hacer un recorte, una época, hasta los 13 o 14 años. Llamémosla de descubrimiento. Recuerdo que en la casa de mi abuelo, había una edición de Ivanhoe, de Walter Scott, con muchos dibujos. Una de esas ediciones resumidas, con un formato a medio camino entre la novela y la historieta (en la década del 90, sobre todo a partir de las creaciones de Neil Gainman, algún experto en la materia acuñará el término “novela gráfica” para este tipo de ediciones). Me impactó. De mi abuelo también recuerdo sus historias acerca de la Segunda Guerra Mundial. Más tarde, y a medida que mi abuelo tendía a repetir las mismas historias una y otra vez, tuve que buscar más información por otros rumbos. De la lectura en casa, recuerdo una edición de Robinson Crusoe, parecida a la de Ivanhoe, los “Cuentos de la Selva” de Horacio Quiroga y Tolkien. De esta época proviene mi gusto (nunca abandonado) por la ficción, la fantasía, las aventuras. Pero también comenzó en aquella época mi interés por la historia.

Fue durante mi adolescencia que creció mi interés por la historia, puntualmente la Edad Media. Cada tanto hacía algún salto hacia otro período histórico, quizás el imperio romano, quizás Napoleón o de vez en cuando (nunca hay que subestimar las historias de abuelo, nos marcan mucho más de lo que creemos), las guerras mundiales. Aquellos libros eran, lo que se dice, unos verdaderos choclazos. Nada de tapas llamativas, ni ediciones resumidas, ni “novelas históricas” como abundan desde hace algún tiempo en las vidrieras de Yenny o el Ateneo. No señor, letra chiquita, tapa color bordó o gris y unos nombres que no le llamaban la atención a nadie y que invariablemente comenzaban con “Historia de…”. Pero yo era feliz. Tuve un profesor de Historia que una vez me dijo: “Ustedes (los que estudiamos Historia), están incómodos, no les gusta el presente. Pero tampoco creen en el futuro: por eso leen sobre el pasado”. Tajante, el tipo. Aunque reflexionando un poco, bien podría definir aquella época de esa forma: me gustaba el pasado. Sobre todo cuando uno elige qué pasado estudiar, lógico. Por ejemplo, detestaba la “Historia Argentina”, la veía a través del lente “Santillana”, con el que me la habían enseñado, y la juzgaba aburrida y repetitiva. Esto cambiaría luego, con los años. En cuanto a la ficción, fue la época de Bradbury, Lovecraft, Poe, Eco, y algunos más. También me acerqué a la historieta. Los llamados “superhéroes” no me habían llamado la atención de chico, así que poco podían gustarme a esta edad, pero descubrí nuevos autores, que empezaban a aparecer en Europa y Estados Unidos, que intentaban nuevas formas de relatar nuevas historias, utilizando, transformando, forzando el formato de la historieta. Fue la época, también, del Eternauta de Oesterheld. No había Internet, así que pasaba tardes enteras buceando en las librerías de Corrientes o en el Parque Rivadavia. Quizás ya no era una época de descubrimiento de la lectura, sino de descubrir cómo la lectura me podía llevar hacia aquello que me interesaba.

Tal vez eso sea, aproximadamente, lo que caracterizó mis últimos años como lector, hasta la actualidad. Eco, Nietzsche, Hesse, Hemingway, Bayer, Walsh, Galeano, Marx, Chomsky, más historia (me despojé del lente Santillana y me acerqué a la historia contemporánea latinoamericana), más ensayos, entrevistas, investigaciones, textos específicos sobre comunicación o medios de comunicación, revistas, publicaciones, diarios (me convertí en un consumidor bastante regular de prensa escrita). De vez en cuando me asustaba tanta solemnidad: disfruté mucho leyendo la saga de “Las aventuras del Capitán Alatriste” de Arturo Pérez-Reverte. Descubrí que cada tanto necesito un buen chapuzón en aquellos relatos de aventura que tanto me atrapan tiempo atrás.

¿Qué puedo sacar en limpio de este recorrido? Creo que acabo de responderme en la misma pregunta. Mi relación con la lectura ha sido el de un largo recorrido. No podría hablar de evolución (demasiado pretencioso) ni de acercamiento (no fue tal). Quizás fue la forma de entender la lectura. Por momentos como un hecho en sí, por momentos como herramienta para alcanzar un objetivo. ¿Existe un tipo de lectura para una época, un lugar, una edad? ¿Comienza uno leyendo “cuentitos”, para luego “madurar” y terminar leyendo “Cien años de soledad” o en el subte con cara de persona seria? ¿Es un simple reflejo de la vida y las experiencias que uno va teniendo? ¿”Dime que biblioteca tienes y te diré quién eres”? ¿Qué “lector” sería si en vez de haber nombrado a ciertos autores con “chapa” hubiera mencionado “El Señor de los Anillos” y las historietas? ¿O si dijera que Mein Kampf es un libro interesantísimo?

Creo que puedo rescatar algo de este recorrido: nunca leí nada que hubiera que leer. Quiero decir, de Cortazar solo recuerdo un cuento sobre un tipo que vomita conejos rosados y de Borges solo leí una entrevista. Y así podría continuar con los escritores “famosos”. Parece ser que cierta lectura viene en packs. Dicho de otro modo, cuando uno se pone a leer “seriamente” (es decir, ciertas cosas dictadas por vaya uno a saber quién), hay otras ciertas cosas que “no puede dejar de leer”.

¿Cómo establecer un perfil de lector de todo este rejunte? No lo se. Leer es un recorrido que, quizás, no admita perfiles. Para nadie.

1 comentarios:

Emu dijo...

Hola Pablo! Muy interesante tu texto. Hacia la reflexión final, se acerca a algunas ideas que plantea Tomás (http://escritosencontradosyetceteras.blogspot.com)
Y copio aquí lo que dije por allá: Quien suscribe admite haber leído los cuatro libritos de la saga Twilight (en inglés, para atenuar suspicacias y poder enmscararme en la excusa de la práctica del idioma), que es cierto, ahí están, señalándome con el dedo, mientras comparten estante con otros escritores con mayúscula que hacen como que miran para el costado y no los ven. Celebro la valentía de admitir esas lecturas que uno trata de disimular en estos casos.

Sí, existe cierto recorrido legítimo que debería recorrer un buen lector. No hay que tomarlo muy al pie de la letra. Pero a veces, tratando de acecarse sin prejuicios, se encuentran buenas cosas.

Vi que hablabas de la Edad Medía, leíste Memorial del convento, de Saramago? Es ficción, un librito bien interesante. Se me ocurre que te puede gustar.

Hasta el martes

Emilia

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