lunes, 22 de noviembre de 2010

Música

Está claro que este proyecto no es una película, pero yo le encontré música de todas formas. En este caso, la canción “Run, run, se fue pal´norte” de Violeta Parra. En realidad, la versión del grupo Inti-Illimani, también chilenos. Es más instrumental y melancólica. Apenas toma un par de frases de la letra original, pero menciona una estación y un viaje en soledad. Pero más que nada, es la melodía. La canción se encuentra fácilmente en YouTube.

Consideraciones finales

Para terminar este proyecto narrativo, voy a necesitar, como mínimo, un tercer proceso de (re)escritura. Quedan por resolver, fundamentalmente, tres puntos: el relato del periodista, el orden de los fragmentos correspondientes a Juan y el final. En cuanto al orden, lo más probable es que no respete la cronología de los hechos, aunque en esta presentación lo haya hecho. El orden irá acorde al relato y a lo que el periodista vaya contando acerca de Juan. De todas formas, no es una decisión tomada: aún queda la posibilidad de que el relato me lleve a respetar las fechas.

Espero poder terminar este proyecto antes de fin de año en el marco de la materia, aunque de no ser así, seguiré publicándolo en el blog.

Apreciaciones sobre los fragmentos de la vida de Juan

Esta vez había sido peor que todas las anteriores, juntas. Era como una humedad amarga, una niebla, que se metía por todos lados, por los poros, los ojos, la boca. Era opresiva. No dejaba pensar, inmovilizaba. Y la gente se iba esfumando, perdiendo, en esa mugre que impregnaba todo y a todos. Juan estaba acostumbrado a ciertas cosas, o eso creía. Pero se dio cuenta que esta vez era distinto. Alguien había decidido saltarse ciertas formalidades y estaba arrancando las páginas del libro. Capítulos enteros, decididamente.”

Tuve dos dificultades para trabajar la idea que encierra este párrafo. En primer lugar, cómo expresar aquello de que las desapariciones son cómo historias (por las vidas de las personas) arrancadas (violentamente) de una historia común. Y luego, jugar con la idea de que Juan se “sale” de la historia al escapar, se pierde, quizás lo encontremos en otro capítulo, más adelante en el libro de “la historia”.

En segundo lugar, no encuentro como retratar el ambiente que él vive. El único punto de apoyo seguro que tengo, es en el contraste con todos los conflictos anteriores vividos por el personaje, más “clásicos”, más “a la luz del día”. Esto es distinto: es algo que viene por todos y por todo, que pega abajo, por detrás, que lo deja a uno indefenso. Que genera miedo de verdad. Como el del tucumano.

“Otro que andaba por ahí era un tipo grande, no demasiado viejo pero ya entrado en años. No tenía pinta de ferroviario y Juan no había sabido en principio de dónde había salido. Tampoco era cuestión de andar haciendo preguntas sobre quién era quién y qué andaba haciendo cada uno por ahí. Dalmiro se ocupó de despejarle las dudas. El tipo se llamaba Almada y era jubilado. Había trabajado de maquinista naval. El gobierno tenía 200.000 ferroviarios de paro, pero había decidido hacer andar los trenes como fuera. Para eso, necesitaba reclutar a cualquiera que hubiera manejado algo en su vida. No le alcanzaba con el personal jerárquico y algún que otro carnero. Parece que había decidido contratar a los maquinistas navales, pagándoles casi un tercio de su sueldo por día si hacían andar las locomotoras. El tipo este, decía Dalmiro, le había contado que los navales se habían rehusado a traicionar la memoria de Guillermo Brown (aunque el sepulturero decía no tener idea de quién era ese fulano) y que habían rechazado el dinero. Así que Frondizi recurrió a los jubilados del gremio. Parecido (o peor) resultado debió haber tenido, porque ahí nomás tenía, del otro lado de las brasas, a uno de ellos. Mientras escuchaba a Dalmiro que le contaba bien bajito todo esto, miraba al tipo de reojo, que silencioso y calentándose las manos cada tanto, escuchaba a Diego leer una noticia en voz alta.”

Me gusta el personaje del marino, pero no se si sirve en esta situación, quizás “sobre”. Por otra parte, la descripción que quiero hacer de él es esa, pero no de esa forma. Lisa y llanamente, el párrafo me genera rechazo.

“No era que no lo hubiera estudiado, o que en el Partido no se lo hubieran explicado. Estaba clarito como el agua, pero por alguna razón no dejaba de sorprenderlo. Juan sentía una pizca de orgullo en medio de esa sensación de tragedia inminente que le venía creciendo desde hacía meses en el estomago. Cada vez más, les hacía falta movilizar a las Fuerzas Armadas para contener a los trabajadores. Algo se venía: lo olía en el aire.

¿Pero acaso no lo había comprobado ya, hacía años, cuando lo de Larkin? ¿No había sido, en aquél entonces, un militar el encargado del diseño de todo el plan? No habían enviado un ingeniero, un economista o un científico. Habían enviado un general. El General Larkin. Para aplicar un proyecto económico, los norteamericanos habían enviado un militar. Algo se debían imaginar, vamos. Y en los talleres Pérez de Rosario, habían empezado a vislumbrar, apenitas, lo que iban a tener que enfrentar.”

Este es uno de los episodios que más dudas me causó. Casi roza el panfleto, y es justamente en lo que no quiero convertirlo. El problema es que fue exactamente eso lo que ocurrió. ¿Cómo retratar a cincuenta locos que rajan a bulonazos de un taller a un general norteamericano? Cincuenta locos muy decididos, eso si. Pero muy comunes, también. No son cincuenta guerrilleros. Son cincuenta ferroviarios, que además son padres, vecinos, compañeros de futbol, hinchas de Rosario Central, esas cosas.

Por una lado está bien enmarcado, anticipa la tragedia del Golpe recordando otros sucesos. Por otra parte me resisto a la óptica “militante” de este Juan. El problema es, nuevamente, que Juan es eso: un militante. Y más para esas fechas. También necesité cambiar algunos detalles del final del episodio, pero más que nada por cómo me “sonaban” las oraciones.

“Así que allí estaban, con todos los vecinos que habían podido encontrar, chupando frío en la canchita del San Marcos, con el intendente tratando de conciliar las partes, mientras sudaba océanos, un ejecutivo traído de quién sabe dónde, que hablaba de rentabilidad, déficit fiscal, reestructuración del sistema de transporte y actualización de infraestructura obsoleta, y un par de militares con cara de que la cosa iba en serio, por si a alguno le quedaban dudas. El intendente sabía que nadie se iba a parar delante de todos a delatar donde se escondían los prófugos (que por otra parte eran sus propios vecinos), pero sí podía intentar quebrar el apoyo de los habitantes de San Marcos a la huelga. El pueblo venía mal hacía un par de años y un plan de obras públicas (el intendente creía que de eso se trataba, al fin y al cabo, todo el asunto) reflotaría la situación. Pero para eso, era necesario el plan de reestructuración. Y con esta idea en la mano, venía dale que dale hacía más de una hora.”

Después de leerlo y releerlo, me di cuenta que el ejecutivo sobra: su papel lo puede interpretar el alcalde. Así, directamente. También continué revisando el texto del episodio en general, tratando de darle la dinámica apropiada para que el final sea “ese” final, con el Vasco desafiando al (ahora) alcalde.

Apreciaciones sobre los fragmentos (anteriores) del narrador

“Pero el pueblo, el pueblo, sigue siendo el mismo. Y cuando empiezo a reconfortarme y arroparme en esa idea, como si fuera San Marcos, o yo hubiera hecho algo por él, recuerdo que aquél, mí San Marcos, no tiene un carajo que ver con el San Marcos de Juan José Andrada…”

Esta es una de las ideas o ejes del lugar en que se encuentra el periodista. La distancia, la apropiación de lugares, qué pertenece a quién y por qué, la identidad y la pertenencia. Y, sobre todo, que los lugares cambian según las personas, y no al revés. Encontré en esta última frase que escribí de un tirón, el centro de lo que quería decir. Pero para llegar a ella, estuve dando vueltas alrededor de un párrafo largo, descriptivo, que no me terminó de convencer. De todas formas, es necesaria la visión del periodista sobre el pueblo, para lograr la ruptura con el San Marcos de Juan.

“…Recuerdo que nadie le daba pelota. Ninguna. Creo que se las rebuscaba con algunas changas, algún trabajo no muy complicado que seguro realizaría en el taller. A veces se lo podía ver en la plaza, sentado. Y cuando digo sentado, es eso, sentado, y nada más. La gente lo evitaba; recuerdo varias veces haberlo visto entrar en el almacén, en el correo, en el banco y cómo poco a poco se hacían silencios. Quizás era una impresión mía, de chico, pero hubiera jurado que incomodaba a los vecinos, y que cuando partía, las voces se relajaban y las conversaciones subían de volumen nuevamente…”

Escribí este fragmento porque tenía la imagen en mente, sabía que debía ir. Cuando escribía me di cuenta que había otra razón: esta imagen de soledad choca directamente con la del cementerio. A partir de allí, pensé en redefinir este texto, para que hiciera referencia directa al otro fragmento. Pensé incluso en dejarlo de lado, y relatar alguna situación de reunión social en el pueblo o algo similar, que marque un paralelo, sin ser explícitos, con la reunión junto a las tumbas.

“…Juan José Andrada, alias “el viejo del taller”, “el viejo choto”, como lo conocíamos los más jóvenes. “Vamos a joder al viejo”, decíamos. Era como el ogro de la caverna, agazapado en aquél viejo portón, del que ahora solo quedan las enormes bisagras carbonizadas. La verdad es que le hacíamos de todo, pobre tipo. Lo volvíamos loco. Hasta nos tomábamos el trabajo de esperar que barriera todas las hojitas del playón de entrada y del viejo andén, y cuando iba adentro a buscar algo, ¡zas!. A la mierda las hojitas que había juntado durante toda la mañana y a salir corriendo entre risas y gritos. Nunca nos preguntamos que carajo hacía ese tipo barriendo ese lugar abandonado.

Ahora que lo pienso, nunca se nos cruzó por la cabeza siquiera mirarlo…”

Esta es una de las reflexiones del periodista, quizás ya avanzado el relato. El tema de la imagen que él tenía de Juan, y de su “responsabilidad” en su soledad, o al menos el formar parte de la sociedad que lo ninguneaba. Me sirve para plantear el ocaso del héroe, las bromas de los chicos me resultan útiles a la hora de graficar lo que implica ocupar ese lugar en un pueblo. No es necesario que ocurra algo mucho más humillante o espectacular, creo que con el silencio de la gente y las bromas de los chicos alcanza.

Algo que no logré articular bien, pero que me gustaría darle más énfasis del que terminé dándole, es el tema de las miradas, del cómo se mira a alguien, quién es ese alguien, para él y para los demás, dependiendo de varios factores. Es algo que me hubiera gustado vincular con el fragmento donde lo encuentran a Juan en un bar y lo increpan como preguntándose qué hace, “justo él”, sin salir a la calle. Para el pueblo, el mismo pueblo que lo ninguneó una década, él nunca dejó de serlo que era, y cuando la situación explota, lo reclaman porque lo ven nuevamente como antes.

Del estilo, el contenido, la aproximación al personaje y Guinzburg

Creo que fue un acierto el tono del texto, la forma de relatar los episodios de la vida de Juan y la descripción de ciertas situaciones y personajes. Al margen de ciertas modificaciones que son más bien accesorias, hay algo que no me convence sobre lo que escribí. Muchas cosas que se relatan y personajes que se describen me parecen acartonados, como de un estilo “costumbrista”, semejante a esas novelas de la televisión que hubo hace algunos años. Mi intención era acercarme desde los indicios, desde los síntomas, pintar situaciones a partir de detalles, narrar la historia de un colectivo, a partir de un individuo que lo sintetizara en ese “uno más del montón”. Creí que esa era la mejor forma de no caer en lugares comunes. Pero creo que algunas cosas se volvieron minimalistas donde quizás no debían serlo. O quizás, simplifiqué muchos los relatos (cosa que está bien) pero no modifiqué la óptica desde donde encararlos. Ejemplo: el fragmento sobre el general que va a visitar el taller y lo echan violentamente, es algo que aún no se como narrar para que tome la magnitud que creo que tiene. Y si hay algo que no quiero, es convertir ese fragmento en un panfleto. Otro ejemplo: la huida de Juan en tren. Si bien no me disgusta tanto (ahora lo modifiqué) tampoco termino de encontrarle el punto de acercamiento.

Aunque Guinzburg traza un recorrido histórico en lo que se refiere al método indiciario hasta llevarlo, entre otras cosas, a la novela policial, sirve de todas formas para plantearme el problema que tengo con esta narración. En dos cuestiones. En primer lugar, y más relacionado con cómo yo quiero contar esta historia, intento abordar la vida de Juan desde su sintomatología (trazando un paralelo con Guinzburg) como forma de abordarla. Prefiero la imagen del personaje en un bar, que una discusión política con otro personaje donde exponga sus puntos de vista. No me interesa caracterizar de esa forma al personaje. De hecho, me resulta contraproducente. Es justamente lo que lo acartonaría aún más.

En segundo lugar, no se trata sólo de hacer un “rodeo” sobre el personaje y las situaciones que vive porque así me gusta contarlo, sino también de intentar exponer un cuadro completo a partir de ciertos indicios, buscando el personaje en un detalle, el marco completo en una situación, el colectivo en el individuo. Si Guinzburg explica los procedimientos e investigaciones acerca de la originalidad o autenticidad en escrituras y pinturas, a partir de detalles que los autores dejan, inconcientemente, en sus trazos y en sus márgenes como forma de alcanzar la naturaleza misma de las obras o la huella del creador, yo creo que las cosas que intenta mostrar este relato se explican, toman importancia, se entienden, a partir de un acercamiento desde esos “detalles” o indicios. Sólo desde allí se comprende la magnitud que tienen. De allí proviene, si se quiere, mi obsesión con esto.