viernes, 5 de noviembre de 2010

Nota de lectura "La duración del infierno" Jorge Luis Borges

El texto aborda el tema de la eternidad, puntualmente en relación a la estadía que sufrirían las almas pecadoras en el infierno. Decididamente, el enunciador se coloca en el lugar de un conocedor de los temas religiosos, no solo en cuanto a preceptos, sino también a sus libros y tomos de referencia. Se vuelve claro que él mismo no pertenece al ámbito religioso, sin embargo, se desenvuelve en el debate haciendo gala de sus conocimientos, poniéndose a la “altura” de sus posibles interlocutores o críticos. No debate acerca de la religión en sí, sino que se propone avanzar sobre conceptos más complejos que la religión envuelve.

El enunciador construye el texto a partir de ciertas reflexiones que realiza sobre el tema que ha escogido, sembrando citas y referencias a personalidades, explicitando su conocimiento sobre el tema, o al menos, su “derecho” a abordarlo. Si bien el ensayo puede ser leído y entendido por alguien que no esté versado en el tema, contiene numerosas referencias religiosas y filosóficas que juegan al mismo tiempo como límite para unos y desafío para otros. En algunos momentos, también se permite ciertas ironías, las cuales maneja con elegancia y sin caer en el agravio, las utiliza con diplomacia (“mitología simplísima de conventillo”), tan solo para refutar algunas cuestiones que no comparte o que juzga inadecuadas.

Sobre el final, el texto se permite una pequeña reflexión, donde el enunciador ataca lo que él considera como la “religiosidad”. Mezcla de ensayo filosófico y dardo retórico, el ensayo deja una sensación de “a propósito de esta cuestión, quiero aclararles que…”, como si el autor hubiera descubierto, en medio de otras cavilaciones, algo con lo que no estaba de acuerdo y sobre lo que decidió disparar.

Nota de lectura “Modesta proposición para impedir que los niños de los irlandeses pobres...” Jonathan Swift

En este texto, Swift realiza una crítica a la situación social que se vive en Irlanda, en particular en relación a los niños pobres, a través de la proposición de un plan para acabar con este problema, el cual implica comerse a los niños que no puedan ser mantenidos.

Se pueden destacar al menos dos aspectos que hacen a la misma naturaleza del ensayo y que constituyen algunos de sus logros. En primer lugar, la construcción de la voz del enunciador. En todo momento se genera la sensación de un caballero formal, culto, un hombre de mundo, con opiniones políticas formadas y un altruismo que lo lleva a intentar mejorar la situación de penuria que ve a su alrededor. El texto se asemeja a los consejos que antiguamente muchos hacían a personajes de la política o la nobleza, esperando algún tipo de favor o reconocimiento, a cambio de su aporte a una materia determinada. El tono de la voz contribuye a llevarnos a través del texto, y a enmascarar el canibalismo aberrante que pretende el autor. En este sentido juega, también, otra herramienta: la duración del texto y su ramificación interna.

El enunciador tarda en proponer el canibalismo. Se demora en rodeos y consideraciones varias. Luego propone el asunto. Pasadas algunas pequeñas explicaciones, el texto se desvía por innumerables vertientes: las consecuencias de tal proyecto, inmediatas o a largo plazo, las ventajas sociales y económicas que traería aparejada, las modificaciones en las conductas sociales. Si una primer imagen de un bebé siendo devorado nos causa rechazo, el enunciador nos distrae con diferentes artilugios, alejándonos de aquella imagen aterradora, y nos lleva a discutir sobre terrenos que son accesorios. El planteo que hace, el sistema que propone, tienen coherencia, son prácticos. Mientras tanto, se va camuflando la imagen original que generaba rechazo automático: un bebé siendo devorado.

Por supuesto, el texto es irónico y no pretende convencernos de ser caníbales, pero es interesante notar como un texto puede enmarcar y dar vida cualquier tipo de cuestiones, si el tono y el ordenamiento interno del texto son los adecuados.

Texto sobre la toma de la facutad de Sociales

Primero fueron los pibes chorros. Los programas de televisión mostraban el nuevo cuco del inframundo que acechaba a los ciudadanos desde la oscuridad de los barrios marginales y las calles poco transitadas. Algunos, explicaban el carácter de esta nueva realidad, sus orígenes, sus consecuencias. Otros, directamente, mostraban estos nuevos villanos de la noche urbana en sus realitys policiales de medianoche. El peso de la imagen aplasta cualquier intención (real o no) de mostrarlos para comprenderlos. Horas y horas semanales de jóvenes vestidos con ropa deportiva, en barrios marginales, en horas nocturnas, envueltos en episodios violentos. Los opinólogos se escandalizaban: jóvenes sin futuro, sin porvenir, volcados a las drogas, la delincuencia y la vagancia. Que no falte la sana reflexión al final de cada programa, ni la tan mentada inclusión social que tanto hace falta en este país.

Después fueron los floggers. Ahí nos enteramos en que andaba la juventud, de un día para el otro. Un montón de jóvenes sin nada que hacer, con suficiente tiempo y dinero para sacarse fotos, subirlas a Internet y ver qué opinan otros tantos que se dedican a lo mismo. Se vestían raro, sus peinados eran ridículos y parecía ser (asumían los opinólogos) que no tenían idea de dónde estaban parados. Mucho menos de política. Horrorizados y escandalizados, los opinólogos nos advertían sobre aquella juventud tan falta de ideas e ideales, sin compromiso político, ni proyectos a futuro. Preocupados, los opinólogos no celebraron el descubrimiento de una juventud pacífica (pensemos que veníamos de los pibes chorros) sino que lamentaron algo que podría resumirse en esto: los jóvenes se habían convertido en una manga de boludos a tiempo completo.

Ahora son los estudiantes. Resulta que los jóvenes del siglo XXI se dejan llevar por ideas políticas radicales, no tienen respeto por la ley, las instituciones, la democracia, toman edificios públicos, les contestan a los adultos (sean estos docentes, padres, políticos, funcionarios o periodistas, como si estuvieran a su altura), osan proponer sus propias ideas política, se meten en temas en los que no tienen nada que ver (como apoyar trabajadores en huelga) y cosas por el estilo. En vez de estudiar, hacen política. Y cómo la hacen. Defienden la educación pública, libre y gratuita, el sueldo de sus docentes, las condiciones en las que estudian, el presupuesto educativo. Esto parece ser que tampoco está del todo bien, para los opinólogos.

Podríamos ir preguntándonos: ¿qué tipo de jóvenes se pretende? O mejor dicho: ¿cómo pretenden que sean los jóvenes? Porque parece ser que para el mundo de la televisión y las noticias, solo existen los borrachos, drogadictos y delincuentes, los que están en la pelotudez, o los subversivos. Ahorrémonos tanta censura y reproche, armemos una receta y saquemos una buena generación de jóvenes, derechos y humanos, que sean el orgullo de la teleaudiencia.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Texto argumentativo (carta) II

(respuesta a la carta de Gabriela )

Estimada Sra. Garbocci:

Agradezco profundamente su interés en el tema que ha motivado su carta y, aunque entiendo que en su caso se trata de una cuestión personal, no deja de enorgullecerme el compromiso que ha adoptado frente al mismo y la forma que ha elegido para debatirlo, como madre, como mujer, como ciudadana y como miembro de nuestro partido.

Quisiera expresarle que entiendo, y comparto, en líneas generales, su preocupación por cuestiones tales como la igualdad ante la ley y la noción de ciudadanía a las que usted hace referencia. Sin embargo, debo disentir en lo referente a la concepción que sostiene del Derecho o de lo que denomina marco político. Lo que usted llama objeciones religiosas, científicas, estadísticas o morales sí son pertinentes, y por la misma razón que usted explicita: el matrimonio civil, al igual que el marco político, es una construcción social, cultural y económica. No existe Derecho o institución religiosa, social, familiar, económica o política como modelo o sistema abstracto en el plano de lo imaginario, desligado de los seres humanos a los que se encuentra atado y por los que es creado a partir de sus concepciones religiosas, científicas, estadísticas y morales. A menos que se pretenda que el sistema y sus instituciones son previos a la existencia del ser humano.

De tal forma, es lógico que cuando se pretendan modificaciones en las normas y reglas que sostienen la sociedad en la que vivimos, surja la resistencia de sectores que, con sus creencias (y no me refiero sólo a las religiosas), han dado vida al sistema mismo. En otras circunstancias y con respecto a otro tema, usted podría estar del otro lado, defendiendo una ley o norma ya existente que considera justa porque su propia creencia (moral, religiosa, científica) así lo determina. Esa ley que probablemente, en otro momento histórico, haya sido creada por personas que sostenían creencias parecidas a la suya y a partir de las cuales elaboraron un código de comportamiento, es decir, el Derecho. Dicho esto, queda claro que toda discusión política es una discusión acerca de las creencias que cada uno tiene acerca de cómo debiera ser la sociedad en la que vivimos.

¿Esto significa que la sociedad, por medio del voto parlamentario, reglamentará cómo debe vivir una persona según su orientación sexual? Por supuesto que no. Creo que no es necesario demostrar mi compromiso para con la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, y como miembros del mismo partido, usted ya debe conocer mi trayectoria y mis acciones en este sentido. Pero quiero despejar ciertas tergiversaciones que se han hecho estos últimos días, quizás producto de la repercusión mediática que ha tenido este debate o por la agenda política que no siempre va de la mano de las necesidades de la sociedad.

Igualdad ante la ley no significa que todos seamos iguales. Entiendo la utilización que usted hace de la palabra y le pido que no me malinterprete. La diversidad, no solo en lo sexual sino también en lo religioso o cultural, es un hecho. Y es un hecho que toda minoría debe tener (según mis propias creencias) igualdad ante la ley con respecto al resto de la sociedad. También creo, como usted bien dijo, que el Derecho era una construcción social dinámica, esto es: que puede y debe ir evolucionando a la par de la sociedad. Por eso es que la propuesta de la Unión Civil da respuesta a esta cuestión: que todos tengan iguales derechos ante la ley. Es una ley hecha a medida para las necesidades de un grupo específico de ciudadanos. Si esto no es promover la igualdad entre los ciudadanos de hecho, independientemente de las orientaciones que tengan (y del tipo que sean), le ruego me señale cómo se debe hacer. Lejos de la parafernalia y la propaganda que ha rodeado el debate en los últimos días, la cuestión se presenta mucho más simple y despojada de los malentendidos que han circulado profusamente por los medios de comunicación. Cabría preguntarse, si existe algún otro móvil o agenda política detrás de los radicales de diferente signo que han cobrado notoriedad mediática a partir de esta situación.

Por último, no encuentro la razón del ataque al matrimonio como institución. A veces pareciera que lo que se busca no es adquirir igualdad de derechos sino reformar los derechos ya existentes según las creencias de los que intervienen en la disputa. Por supuesto que las parejas homosexuales son una realidad, así como también aquellas que crían hijos. Y me encontrará en la primera fila luchando para que esas injusticias a las que hace referencia en su carta tengan leyes que las contemplen y las combatan, sobre todo, habiendo niños de por medio. Pero no basta como argumento el hecho de que algo exista para que tanga que ser aceptado y declarado legal. Sé que no leerá esto como un llamado a ilegalizar la homosexualidad, nada más alejado de mis convicciones. Lo que creo es que el camino de ir legislando sobre lo existente no es correcto.

Para finalizar, quiero decirle que mi decisión de rechazar el proyecto tal cual fue presentado, obedece a estas últimas razones que le he expuesto. Lamentablemente, los medios y la agenda política suelen pintar todo de blanco y negro, imposibilitando, muchas veces, la discusión sana y desprovista de prejuicios y tergiversaciones. De todas formas, agradezco nuevamente su carta, y tengamos por seguro que de una forma u otra, esta legislación constituirá un avance para la sociedad argentina.

Atte.

Susana Hernández

DNI: 19.980.340


miércoles, 15 de septiembre de 2010

Texto argumentativo (carta)

(carta al correo de lectores de un diario)

Sr. Director:

Quisiera referirme brevemente al problema de la inseguridad que estamos padeciendo, como nunca, los argentinos en estos últimos años. Pero también quisiera poder hacer una pequeña reflexión sobre otro tema estrechamente relacionado: la inmigración.

Vivo hace casi 40 años en lo que llaman “el Bajo Flores”. Soy dueño de un comercio que perteneció a mis padres y que es de los negocios más viejos del barrio. Al igual que los vecinos más antiguos de la zona, he visto como con el correr de los años, ha aumentado enormemente la inmigración, en particular, la proveniente de países limítrofes o cercanos como Bolivia, Perú y Paraguay. Al mismo tiempo y paralelamente, la delincuencia, sobre todo la relacionada con el narcotráfico y el robo, ha alcanzado niveles exorbitantes. ¿Existe una relación entre estas dos cuestiones? ¿Es la primera, la causa de la segunda? Creo que sí, y quiero explicar por qué, aún a riesgo de ser tildado de “reaccionario” o “facho” por todos los “progresistas” que tanto abundan últimamente, y a los que seguramente no los han asaltado 10 veces en un mismo año, ni les han matado un familiar para robarles un celular.

No tengo nada en contra de los inmigrantes, todo lo contrario. Provengo de una familia de italianos, como tantos otros argentinos. El barrio, al igual que el resto de la provincia y el país, se fue formando con sucesivas oleadas inmigratorias: españoles, italianos, algunos alemanes y franceses, judíos, etc. Muchos venían huyendo del hambre o la guerra. Ya todos conocemos la historia. Y todos aquellos que fueron llegando, lo hicieron con una idea clara: trabajar y tener un hogar. Algunas de sus costumbres las mantuvieron, otras fueron modificadas, adaptadas, pero siempre hubo una intención de integración al resto de la sociedad. Todos ellos venían con una “idea” de progreso, de bienestar. Aprender la lengua, un oficio, tener un buen trabajo, integrarse: eran valores que todos compartían. Tenían (teníamos) diferencias culturales y también, por qué no, prejuicios: el italiano era el “tano”, el español era el “gallego” bruto. Incluso acá, en “el Bajo” Flores, estaba el “Ruso”, un judío odontólogo que atendía a mi familia. Quizás no fuera lo que hoy llamaríamos una forma “correcta” de referirse a él, pero el apodo le cabía a todos por igual y nadie era un paria. Todos intentaban ser parte del resto.

Los clanes y familias (“colectividades”, como gustan de llamarlas algunos periodistas) que campean a sus anchas por las calles de mi barrio, poco tienen que ver con aquellos inmigrantes de los que hablo. Por no mencionar los que viven atrincherados en sus fortalezas de la villa 11-14, cerca de la cancha de San Lorenzo. Sus actividades ilegales aparecen regularmente en los medios, la policía sabe de sus negocios (cuando no participa en ellos), los vecinos (todos) saben de sus andanzas. Los muertos se amontonan en las esquinas, semana tras semana, después de tal o cual ajuste de cuentas. La venta de artículos robados, el robo, la prostitución y sobre todo el narcotráfico, son moneda corriente en este lugar donde las bandas formadas por familias de las diferentes nacionalidades que pueblan la zona resuelven sus diferencias a puro tiro. Los vecinos vivimos presos de una situación que nadie parece poder manejar. Si no es un robo en la calle, es el asalto a mi comercio, un secuestro “express”, o un encuentro con cualquiera de los grupos de drogados que rondan por ahí a cualquier hora del día. Esta es la realidad, aunque a alguno le parezca discriminatorio lo que digo, todos saben que es así. Hay mafias bolivianas, paraguayas, peruanas, chilenas. Todos los días alguien muere, todas las semanas se incauta droga, todo el tiempo aparece en los medios, pero si alguien señala esto, es tildado de “racista”.

Por supuesto, no todos son criminales. Existe una franja de inmigrantes que vienen a instalarse y conseguir un trabajo. ¿Se integran con los vecinos, buscan un trabajo en la zona, sus hijos van a las mismas escuelas que los demás, aprenden el idioma? No. Se recluyen, amontonados unos sobre otros, en esas villas controladas por narcotraficantes de su misma nacionalidad. Levantan piso sobre piso de casas precarias, junto a calles de tierra, sin agua potable, luz o gas. Eso sí, de lejos se ven las antenas de Internet o de televisión satelital, los carteles luminosos de sus locales, el humo de la comida que preparan. De cerca se ven sus ropas caras (copias, pero caras), celulares que parecen computadoras portátiles, zapatillas de 300 pesos. Solo celebran sus festividades. Si uno quiere hablar, apenas se los entiende. Y si nos atrevemos a caminar por su territorio, nos miran haciéndonos saber que el extranjero, allí, somos nosotros. Todo esto también es real, y todos lo saben. Pero en este caso, también, decirlo es ser “racista”.

En los últimos días, se ha generado un revuelo en Francia por la decisión del presidente Sarkozy de “endurecer” las leyes “contra” los inmigrantes. Básicamente, decidió retirarle la ciudadanía a aquellos inmigrantes que cometieran delitos graves (homicidios agravados, por ejemplo) o atentaran contra figuras o instituciones gubernamentales (matar un policía, atacar un municipio). Digo yo, ¿no es esto acaso lo mínimo que se le puede exigir a alguien que viene a buscar trabajo, seguridad y bienestar a un país, que le abre las puertas y le ofrece las posibilidades que no tuvo en el suyo? ¿Dónde está el racismo en deportar a aquellos inmigrantes que vienen y forman bandas criminales con las que inundan de droga la ciudad? ¿Qué derechos reclaman aquellos que, aún sin ser criminales, no pagan impuestos ni servicios, no les interesa qué ocurre fuera de los muros de sus conglomerados, no buscan integrarse y solo esperan recibir dinero y seguridad del Estado para sus “colectividades”?

Espero que alguna vez se pueda debatir este tipo de cuestiones, sin caer en el estereotipo “progre” del “inmigrante bueno”, tan nocivo y falso como su contraparte, el “narco colombiano”. La inmigración es un derecho que todos deberían tener, pero como todo derecho, demanda responsabilidades y obligaciones. Por lo menos, el cuidado y el respeto hacia el país que da la oportunidad de tener una vida digna.

Alberto Roseti

DNI 14.675.340